Cuento una lección de cortesía

Cuento una lección de cortesía

Tres personas (el abuelo, su hija y su nieto) aguardaban a que llegara el metro a la estación “Teatro popular”. El niño de nombre Alejandro, estaba entretenidísimo jugando con su celular. Lucero, su madre, miraba en repetidas ocasiones el reloj. Finalmente el octogenario, quien por cierto se llamaba Leopoldo, cargaba con mucha dificultad tanto la mochila del muchacho como una bolsa de víveres.

– ¡Por fin llegó el metro! Papá por favor no vayas a tirar las cosas como el otro día, tuve que tirar las legumbres a la basura por tu culpa.

– Si hija lo siento, ya te pedí perdón, lo que sucede es que me tropecé. Mi vista ya no es la de antes.

– Excusas papá, sólo meras excusas. ¿Para qué te ofreces ayudarme si te vas a estar quejando?

Las puertas del transporte público se abrieron y el primero en entrar fue Alejandro quien velozmente le ganó el asiento a una señora. Por su parte, Lucero esperó a que un lugar se desocupara y en el momento en que esto sucedió, se colocó en aquel sitio. Mientras tanto, don Leopoldo se sujetaba de un tubo y vigilaba la mochila en la bolsa con las piernas.

De momento, un jovencito le dijo al anciano:

– Señor ¿se quiere sentar? Yo me bajo en la próxima estación.

– Te lo agradezco mucho hijo, mis rodillas ya me estaban matando. Dijo Leopoldo al sentarse.

Sin embargo, lo que le había dicho ese muchacho al anciano era una mentira, pues pasaron todavía seis estaciones para que él abandonara el vagón. Lucero había visto todo lo acontecido, pero no dijo nada hasta que los tres llegaron a casa.

A la hora de comer, la mujer pidió la palabra y mencionó unas palabras mientras abrazaba a don Leopoldo:

– Lo que observé hace rato me abrió los ojos. Alejandro a ti te he comprado todo lo que has querido, más me olvide que lo importante era enseñarte valores. Valores que yo misma he olvidado y le hecho daño a mi propio padre tratándolo como un esclavo.

Les pido perdón y prometo que las cosas van a cambiar a partir de hoy y aunque me odies hijo, te reprenderé hasta que te conviertas en una persona recta y decente como lo es tu abuelo.

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